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LA TEORIA DEL NACIONALISMO DE ERNEST GELLNER*
José Guilherme Merquior 
Resumen

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Ernest Gellner gustaba decir de Merquior que era su discípulo favorito, el más avanzado y serio. También señaló en alguna ocasión que el presente texto de Merquior, publicado originalmente como prólogo a la edición portuguesa del libro más conocido del antropólogo checo, Naciones y nacionalismo, era el mejor estudio crítico de su obra de los muchos que se habían elaborado. El lector encontrará entonces en lo que sigue una pieza extraordinaria para apreciar mejor y valorar en su justa dimensión la teoría del nacionalismo de Gellner. Se trata de un texto hasta ahora inédito en español, elaborado por quien fuera el líder intelectual más prominente de América Latina, hasta que la muerte interrumpió su brillante carrera en 1990. Con su publicación en nuestra revista, rendimos un homenaje a Gellner pero también a Merquior, pues ambos nos dejaron una obra inconmensurable por su calidad y profundidad. 
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La bien conocida teoría del nacionalismo de Ernest Gellner está íntimamente relacionada con la satisfacción de dos condiciones de legitimación propias de las sociedades industriales: a) la capacidad del orden social de producir, o conservar, una riqueza generalizada y b) una cultura común entre gobernantes y gobernados. Es decir, el primer paso de Gellner consiste en rechazar la visión romántica según la cual el nacionalismo emana del obscuro lado emocional de la naturaleza humana, en oposición a los universales translúcidos de la fría razón y del interés. Esa imagen es compartida por los amigos y los enemigos de la llama nacionalista, los que la temen con la esperanza de que la razón internacionalista eventualmente prevalezca sobre las pasiones nacionales, como también los que la aman, y se alegran con las derrotas de un cosmopolitismo exiguo y "antinatural".

Las dos actitudes ven al nacionalismo como un fenómeno natural. Por el contrario, Gellner prefiere seguir el criterio de Elie Kedourie, sobre la contingencia, es decir, la historicidad del nacionalismo.1 El nacionalismo no se origina de las naciones. Por el contrario, es más común que el nacionalismo haga nacer a las naciones.2 A partir de esta premisa, Gellner evolucionó hacia una inconfundible explicación de carácter transicional. Su propio punto de partida nace de la necesidad de comunidad cultural que es, como dijimos, una de las dimensiones de la legitimidad moderna. En la realidad, su teoría del nacionalismo contiene una penetrante explicación de lo que él denomina la condición "co-cultural" de la legitimidad en la sociedad industrial o en vías de industrialización.

La idea central reposa sobre un contraste entre la sociedad primitiva y la moderna. En la primera, el tejido social es mantenido incólume por la propia estructura social, por así decirlo, prácticamente sin necesidad de cultura (afortunadamente, claro está, la cultura primitiva y arcaica también podía ser, en general, muy desenvuelta, siendo como tal muy rica en rituales y simbolismo). Todos sabemos cuán equivocado estaba Durkheim al suponer que la estructura social primitiva estaba esencialmente desprovista de cohesión.3 En realidad, en el pequeño espacio social de la sociedad primitiva el parentezco y la atribución de papeles tejen una trama de relaciones sociales que asegura una comunicación efectiva y define bastante bien la identidad de sus miembros. Solamente en el amplio mundo social moderno, en el que los papeles no son imputados indiscriminadamente y donde las relaciones diarias entre los individuos son, en gran medida, nada más que "encuentros", "efímeros, no repetitivos y opcionales",4 los medios de comunicación, en particular el lenguaje, se vuelven fundamentales para la obtención de la cohesión social. Lo que ocurre es una substitución, en el "encargo de la comunicación", del contexto por el mensaje –pues ahora los hombres ya no se entienden de forma tácita, por la simple repetición de gestos de rutina como los grupos primitivos. 

Una vez que los hombres ya no son identificados por un conjunto estable de relaciones sociales, ellos deben, por así decirlo, "cargar su identidad" por sí mismos: precisan ser definidos en términos de su cultura. Por otro lado, el Estado moderno, en cuanto economía y también burocracia gubernamental, exige la alfabetización. "En la compleja división del trabajo en el mundo actual, por lo menos varias de las profesiones exigen un talento específico. Eso hace más difícil la utilización del principio hereditario (...) cualquier tonto puede ser un señor feudal. No todo el mundo puede ser profesor de física (en cuanto a los profesores de ciencias sociales, son otro asunto)".5 Pues bien, esa especificidad de talento para la mayoría de los papeles en una sociedad tal implica claramente el alfabetismo, y alfabetismo en masa. Así, tanto la psicología como la política refuerzan la necesidad de educación en masa en una lengua nacional. Con el declive de la "estructura social en la modalidad primitiva/tradicional, la cultura asume su papel: proporciona un sentido de comunidad, constituye un foco de lealtad. La legitimidad social en una sociedad industrial moderna es una legitimidad cultural: cuius regio, eius lingua."

Hasta aquí, muy bien. Pero, ¿qué tiene que ver el nacionalismo con todo esto? Gellner introduce, entonces, otra variable importante: la desigualdad social de la transición al industrialismo.6 La exuberante urbanización normalmente asociada con los primeros ímpetus de industrialización, agranda a las ciudades con miembros de clases sociales profundamente resentidas con la marcada estratificación, la cual es considerada ilegítima por los patrones tradicionales y por la envidia de la riqueza recién adquirida. Cuando estos estratos inferiores son étnicamente distintos, tienden a ser más propensos a oír sus intelligentsias co-culturales y a desafiar el status quo político, en busca de su propio Estado-nación. El nacionalismo, de esta forma, vio la luz, o fue de algún modo activado.

La sociedad moderna, dotada de un alto índice de movilidad profesional, tiende a ser igualitaria en espíritu. Así, en ausencia de un sistema de creencias que legitime la jerarquía, la desigualdad es moderada y camuflada; a final de cuentas, ella expresa apenas estadísticamente a los individuos: No está estampada en ellos como una marca de nacimiento, como en los viejos tiempos. Justamente por eso, la desigualdad es también normalmente tolerada, a menos que esté visiblemente relacionada con la "señal diacrítica" de la etnicidad.7 Sintetizando, en la medida en que "la sociedad tradicional era compatible con la desigualdad de origen",8 la sociedad moderna solamente es compatible con la desigualdad de clase –y entonces, "las clases que realmente cuentan son las que se originan en un desarrollo desigual; y ellas expresan la ‘conciencia’ a través de la etnicidad".9 El nacionalismo es, al mismo tiempo producto y expresión principal de esa conciencia.

Los méritos de una tal teoría son los siguientes: Gellner relaciona sagazmente nacionalismo e industrialismo; un fenómeno político capital de nuestros tiempos con el "evento principal" de nuestra era; traza un delicado equilibrio entre afinidad cultural e interés socioeconómico; y, por último pone la debida atención al papel de la intelligentsia. La teoría tiene la ventaja ulterior de no aceptar el nacionalismo según su autoimagen. Por ejemplo, en cuanto que la fable convenue nacionalista habla de los sentimientos naturales de la comunidad y glorifica el folklore y la "cultura popular". Gellner muestra que el nacionalismo es histórico, no natural y que muchas veces coincide con la muerte de la cultura popular en lugar de con su sobrevivencia.

La teoría, por lo tanto, tiene mucho sentido. ¿Será que también se ajusta a todos los hechos? No es difícil encontrar excepciones al concepto gellneriano de nacionalismo. Tomemos la América Latina de principios del siglo XIX, en donde los líderes locales eran perfectamente co-culturales con sus gobernantes españoles; o piénsese también en los judíos de la diáspora, los cuales, cuando abrazaron el sionismo, eran, de modo general, tan avanzados como los que los subordinaban. Pero el problema con tales ejemplos es que son tan excepcionales como muestra del nacionalismo tout court como lo son para la explicación sociológica de Gellner. El nacionalismo de los libertadores latinoamericanos fue un caso típico de nacionalismo de élite –una variedad cada vez más irrelevante para nuestro siglo; ya los judíos constituían una comunidad de enclave, con una larga tradición de pérdida de la nación. Claramente, sobre todos los puntos de vista, los más típicos nacionalismos de la actualidad, incluyendo las revoluciones socialistas nacionalistas como en Argelia o Angola, surgirán del choque de la modernización con la desigualdad social en gran escala, en conjunción con diferencias étnicas. Paul-Henry Spaak escribió alguna vez que el bien mejor socializado por el comunismo es precisamente el nacionalismo; y así es. Tal como en Angola, el nivel lingüístico de la etnicidad puede ser omitido, especialmente porque una clase dirigente mulata prefiere aplastar hegemonías tribales, rehusándose a escoger entre idiomas nativos y apegándose, por el contrario, a la lengua de los antiguos señores; todavía, el medio colonial en que fue incubada la revuelta nacional era, en sí mismo, un retrato fiel del síndrome gellneriano de modernización, incrementado por la desigualdad racial y cultural. El nacionalismo católico irlandés en el Ulster, o el separatismo de Quebec, proveen más defensas para tal tesis. Contrariamente, los actuales soplos de nacionalismo en naciones desde hace mucho establecidas, como en América Latina, no parecen incursionar mucho en la categoría de movimientos de masas. A despecho del énfasis puesto en la "dependencia" por la literatura marxista, el hecho es que el supuesto "neocolonialismo" en tales áreas raramente presenta una estructura social caracterizada por una exclusión cultural de los estratos subprivilegiados. La "co-culturalidad" sirve de puente para las grandes lagunas entre clases –volviendo al nacionalismo, de esa forma, un tanto insustancial, sin considerar su papel en la retórica de burguesías nacionales y de pretorianismos. 

Es curioso observar cómo la teoría del nacionalismo de Gellner derrota al marxismo en su propio campo. El marxismo cerró los ojos a la dura realidad del nacionalismo, postulando una lucha de clases basada en el desarrollo del industrialismo. Gellner conserva la industrialización como una variable principal, mas descifra su consecuencia: presenta la desigualdad, doméstica e internacional, como la razón por la cual los proletarios del mundo no se unirán. Revela así que los dos errores más famosos del marxismo –la falla en la profecía de la pauperización de la clase trabajadora y la subestimación del nacionalismo– en realidad se originan en la misma raíz.10 El nacionalismo se alimentó de desigualdades tanto nacionales como internacionales; y la distribución nacional de la riqueza generada por el industrialismo volvió la lucha mundial de clases una esperanza muy remota. 

En síntesis, la teoría del nacionalismo de Gellner se articula en torno a la necesidad de universos culturales homogéneos en las sociedades industriales, y de la desigualdad de oportunidades entre los estratos culturalmente distintos. El nacionalismo es encarado como una respuesta a las exigencias de una determinada estructura social (sociedad industrial), respuesta originaria de ciertos impulsos humanos básicos, en este caso la conciencia colectiva de las ventajas a ser obtenidas en el disfrute de la plena ciudadanía en una nación industrializada. En otras palabras, la cultura (política), el nacionalismo, es visto como dependiente, aunque de ningún modo de manera mecánica, de la estructura social. Es precisamente esto lo que hace a la culturología de Gellner realmente sociológica. 

Notas


1 E. Gellner, Thought and Change, Londres, 1964, pp. 147-151.

2 Idem., pp. 168 y 174.

3 Esta cuestión es tratada de modo irrefutable por: Percy S. Cohen, Modern Social Theory, Londres, 1968, pp. 224-227. 

4 E. Gellner, op. cit., pp. 153-158. 

5 E. Gellner, Spectacles and Predicaments, Cambridge, 1979, p. 272.

6 E. Gellner, Thought and..., cit., p. 166.

7 E. Gellner, Spectacles and..., cit., pp. 271 y 273.

8 Idem., p. 274.

9 Ibid.

10 E. Gellner, Thought and..., cit., p. 172.

* Fragmento del texto: "A teoria social da transiÇao. ConsideraÇoes sobre a obra de Ernest Gellner" , en E. Gellner, Nacionalismo e democracia, Brasilia, Editora Universidad de Brasilia, 1981, pp.3-42. Traducción del portugués de César Cansino.

Compilado em 16/12/2001
Fonte: Internet

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